Nada supera a unos buenos catequistas

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Nada supera a unos buenos catequistas

Una buena reflexión catequética y una buena organización de la catequesis de nada servirían sin unos buenos catequistas, puesto que la fe se trasmite sobre todo por contacto y contagio.

Este año hemos ido reflexionando sobre el libro “Repensar la catequesis”, de Álvaro Ginel, y llegamos al último tramo del camino con un tema que, si bien el autor elige plantearlo al final, es indispensable y básico: la formación de los catequistas. Tal es así que “una buena reflexión catequética y una buena organización de la catequesis de nada servirían sin unos buenos catequistas” (p. 154).
En efecto, “nada es superado por la presencia cercana de los catequistas”, (p. 154) puesto que la fe se trasmite sobre todo por contacto y contagio.
Sobre la formación de los responsables de la catequesis hay mucho para decir: son infinitas las perspectivas desde las cuales puede ser abordado el problema y son innumerables los desafíos y necesidades que salen a la luz. Esta complejidad ya nos permite vislumbrar “un horizonte exigente y responsable, al mismo tiempo que creativo y personal” (p. 155).
Pero quiero detenerme en la última palabra, ya que Ginel no habla de los catequistas en general sino de catequistas siempre insertos en una comunidad cristiana concreta, que a su vez está instalada en un determinado territorio y en una sociedad bien precisa (p. 156).
Este carácter histórico y situado de la catequesis no es, sin embargo, el nivel más personal al que hace referencia el autor. Urge que cada catequista sea capaz de ser “autor personalizado de la catequesis que imparte”, es decir, de hacer suyo, de manera personal, el itinerario que recorre y anima e incluso se apropie de todo material que seleccione y utilice en función de las necesidades de su grupo (p. 155).
Estas afirmaciones lejos están de concebir a los catequistas como dueños de las experiencias de fe, por más estilo propio que tengan, ya que deben siempre “acomodar su propia personalidad a los principios generales de la pedagogía catequística” (p. 156).
Como se puede advertir, se produce entonces cierta tensión entre la fidelidad a un don confiado, y que supera a las individualidades, y la impronta única de cada uno de los sujetos involucrados. Por eso hemos de hablar de la formación de los catequistas en términos de proceso que “da forma”, desarrolla y lleva a la maduración interior; de un camino constructivo, gradual, personal y comunitario, siempre inacabado y en permanente escucha, oración y discernimiento (p. 156).

Apremiantes urgencias
Muchas veces la necesidad de catequistas (más que nada cuando grupos numerosos de niños aguardan ser preparados para la recepción del sacramento que su edad ya indica) hace que los designados para esta tarea no sean a veces elegidos de manera correcta; aunque lo peor es que, encima, luego no se los acompaña debidamente. Sabemos que no alcanza con contar con personas de buena voluntad y ciertas condiciones para “manejar chicos”, entregándoles un libro o cuadernillo para que no cometan errores doctrinales. La formación de los catequistas es algo mucho más profundo y delicado, de cuyo abordaje responsable no nos dispensan las más apremiantes urgencias.
Creo que es clave que cada comunidad se sincere, saque algunos de sus pies de ciertos aceleradores, reformule objetivos alcanzables y piense, con absoluta honestidad, si cuenta realmente con catequistas formados para ofrecer catequesis. Algo que parece demasiado obvio pero que, lo admitamos, en la práctica concreta no lo es.
Que las luces que hemos podido ir recibiendo en este camino de reflexión de la mano de Álvaro Ginel nos comprometan (saber más exige más), pero sin desanimarnos; siempre ávidos de altas metas pero con realismo, paciencia y humildad. ■

Dra. Mónica Moore
Especial para Encuentro

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