La catequesis, labor de “artesanos”

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La catequesis, labor de “artesanos”

La catequesis pone los cimientos del edificio de la fe para que podamos hacerla vida en los ámbitos concretos en los que estamos. Nadie se inicia a sí mismo sino que es iniciado por alguien, en este caso, un catequista inserto en una comunidad que ya vive una relación con Jesús.

Siguiendo con la lectura del libro “Repensar la catequesis” de Álvaro Ginel, que nos sirve de guía para nuestras reflexiones, quiero centrarme en un aspecto que ayuda a comprender la identidad de la catequesis en el proceso evangelizador de la Iglesia: su carácter de iniciación.
Cuando hablamos de iniciación entendemos el proceso por el cual las personas son introducidas en la vida de la fe, de la Liturgia y de la caridad del pueblo de Dios. En ese itinerario la catequesis estructura y da fundamentación a la conversión a Jesucristo; y mediante una enseñanza sistemática ayuda al creyente a lo largo de toda su vida a unirse al misterio de la salvación y a asumir un estilo de vida propio del Evangelio. De esa manera, la catequesis pone los cimientos del edificio de la fe para que podamos hacerla vida en los ámbitos concretos en los que estamos (pp. 72-73).
Como iniciar es mucho más que saber sobre algo sino que implica adiestramiento y ejercitación práctica, en la catequesis no basta con enseñar qué es la oración sino que se aprende a orar orando. No basta con enseñar qué es la liturgia sino que se adentra al cristiano en ella participando de la celebración litúrgica. No basta con conocer el contenido de las bienaventuranzas, hay que ejercitarse en un estilo de vida basado en su espíritu.
Estos dos planos (lo teórico y lo práctico, por decirlo de algún modo), van siempre tomados de la mano, unificados, articulados y personalizados, porque la iniciación “es un modo de educación de la persona que conjuga armónicamente el saber y la implicación personal en el saber por medio del ejercicio personal” (p. 75).
Tan delicada y profunda formación es imposible de llevar a cabo de manera solitaria. Nadie se inicia a sí mismo sino que es iniciado por alguien, en este caso, un catequista inserto en una comunidad que ya vive una relación con Jesús (p. 75).

Metáfora
Por eso una metáfora que permite valorar la misión del catequista es la del artesano (p. 74). Podríamos extraer de ella algunas características para profundizar la riqueza de su contenido y aplicarlas a la realidad de la catequesis.
El artesano plasma en su obra un sello personal; no fabrica cosas en serie sino diferentes e irrepetibles. En su taller se construye, se hace y se deshace, se vuelve a hacer, se aprende de errores.
Su trabajo, que tiene mucho de arte y creatividad y en el que está implicado el cuerpo (sobre todo las manos, con toda la rica simbología que ellas encierran), requiere de tiempos, paciencia y esperas. Y si el artesano quiere iniciar a otro en su oficio tendrá que poner en juego todo ello, mostrándole a su aprendiz cómo se hace para luego dejarlo solo, aunque sin suspender su amorosa vigilancia.
Qué hermoso sería que hiciéramos una evaluación de nuestra catequesis a la luz de estas consideraciones y animarnos a afrontar preguntas como: ¿Abordo a cada uno de mis catequizandos con amor y delicadeza, como una obra artesanal única, confiada a mis manos? ¿Ayudo con paciencia a cada uno de ellos en su camino para que diseñen su propia respuesta a Jesús, en las realidades que tienen que vivir? ¿Es mi catequesis un ámbito en el que el saber y el hacer buscan articularse de manera dinámica? ¿Procuramos como comunidad ser un entorno “iniciático” en el que las personas puedan de verdad aprender a orar orando y configurar sus vidas a la propuesta del Evangelio obrando conforme a ella?
Que el Señor nos dé luz y coraje para seguir creciendo en esta misión, en este “tesoro que llevamos en vasijas de barro”. ■

 

Dra. Mónica Moore
Especial para Encuentro

Cantidad de Artículos : 533

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