El superficial barniz de una catequesis “marketinera”

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El superficial barniz de una catequesis “marketinera”

A menudo, se torna necesario preguntarse, con sinceridad, qué entendemos por catequesis, ya que cada uno la comprende y vive, en gran medida, en función de experiencias concretas y opiniones personales.

Este año nuestras reflexiones se basan en la lectura del libro “Repensar la catequesis” de Álvaro Ginel. Ya hemos abordado la primera parte, en la que el autor nos presenta algunos datos de la realidad que nos llevan a replantear la catequesis. La segunda parte se titula “¿Qué decimos cuando decimos catequesis?”. Lo que parece una obviedad no lo es tanto y se torna necesario preguntarnos con sinceridad qué entendemos por catequesis, ya que cada uno la comprende y vive, en gran medida, en función de experiencias concretas, opiniones personales o hasta “de acuerdo a un libro que cayó en nuestras manos” (p. 59).
Para ayudarnos a iniciar este camino de clarificación lo primero que Ginel afirma es que quiere distanciarse de dos tipos de posturas: de las que funcionan desde las coordenadas de la eficacia y de las que responden a modelos más cercanos al marketing que a la reflexión eclesial sobre la catequesis (p. 57).
Las primeras se refieren a esos posicionamientos que ponen excesiva confianza en los aspectos técnicos y metodológicos, como si la renovación de la catequesis dependiera principalmente de la labor de especialistas en pedagogía o dinámicas de grupos (p. 61). Si bien esas herramientas hoy nos son indispensables, no pueden constituir el criterio fundamental que guíe nuestro discernimiento y nuestras prácticas.
Las segundas ponen énfasis en el deseo de que la catequesis se modernice e interpele, y para ello siguen algunos criterios de mercado, estableciéndose una dinámica más ligada al “consumo” que a un proceso personal y libre de conversión a Jesús. Esta perspectiva, dice Ginel, “no sería más que un barniz (…) Los cambios en la Iglesia no van por ahí. Van por la conversión al Evangelio” (p. 58).
El autor no se expande más sobre este tema pero logra “dejar picando” varias inquietudes: ¿Qué prácticas, en concreto, caracterizarían a una “catequesis marketinera”? ¿No estaremos nosotros en esto? ¿Cómo darnos cuenta?
Jugando con algunas palabras del ámbito comercial podríamos decir que muchas veces se desea que la catequesis atraiga a más personas (clientes), impacte en su comunicación (publicidad), sea elegida entre otras propuestas (productos), dé resultados visibles, inmediatos y cuantificables (ganancias), que puedan celebrarse como signos de fortalecimiento institucional (empresarial).
El filósofo francés Fabrice Hadjadj, miembro del Pontificio Consejo para los laicos, en su libro “La suerte de haber nacido en nuestro tiempo” establece diferencias entre la propaganda marketinera y la evangelización, insistiendo en que si no las tenemos claras podemos convertir la misión de la Iglesia en algo que no solo está en el mundo sino que es del mundo y sintoniza con sus lógicas, y terminar promocionando a Cristo de igual modo que a la Coca Cola.
La diferencia principal radica, en definitiva, en que en lugar de proponer que las personas se adhieran a algo, como evangelizadores y catequistas las invitamos a que se vuelvan hacia Alguien, en una dinámica de encuentro y comunión y no de competitividad, y siempre incluyendo diversidades en lugar de querer englobar a los demás en un todo homogéneo, como pretende el mercado globalizado.
Me parece que vale la pena detenernos en estas advertencias y examinar nuestra catequesis. Quizás estemos poniendo mucha energía en llegar, en atraer, y por eso los medios que usamos para la comunicación nos quitan el sueño: las imágenes, el lenguaje, la música, los juegos y dinámicas, los recursos digitales.  Todo eso es necesario y está bueno que nos ocupemos en llegar de manera atractiva, pero lo hagamos poniendo siempre la mirada en el otro, en lo que vive, en lo que sufre, en lo que tiene para decirnos y ofrecernos, cultivando un verdadero encuentro.
También puede pasar que tengamos temor a la incomodidad que en sí genera el Evangelio con sus exigencias y para “que no se nos escapen los clientes” diluimos la fuerza del mensaje. Que el Señor nos ayude a asumir la catequesis con más espíritu de fe, más confianza en la obra de Dios y más esperanza en los procesos personales, que son siempre impredecibles, desconcertantes, y sobre todo,  imposibles de medir… ■

Dra. Mónica Moore – Especial para Encuentro

 

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