Cómo percibir síntomas que exigen cambios

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Cómo percibir síntomas que exigen cambios

Toda observación de la realidad, por más que brote del amor y del compromiso, debe ser ayudada por interrogantes.

Álvaro Ginel en el libro que les he propuesto leer este año (“Repensar la catequesis”) nos advierte: “[nos encontramos] en un escenario social nuevo en el que la Iglesia no está acostumbrada a moverse: la sociedad secularizada. Acostumbrada la Iglesia a ser referencia para los hombres y mujeres, hoy se siente marginada.
No se mira a la Iglesia como dadora de sentido y guía de comportamientos. De ahí la necesidad de cambiar la manera global de concebir, pensar y realizar la transmisión de la fe y la catequesis” (p. 14).
Dicho de otro modo: “la comunidad está implantada en una sociedad que se rige y organiza por principios y normas que no beben de las fuentes cristianas. Como consecuencia de esta realidad, los cambios en la catequesis no apuntan solo a la forma de hacer, sino a la forma de entender en la comunidad la acción catequética que tiene que promover” (p. 14).
Esta constatación, sin embargo, no parece ser reconocida y asumida en el seno de nuestras comunidades, persistiendo muchas veces el deseo de que vuelva a funcionar “la catequesis de toda la vida”, o sea, la que conocimos nosotros y que comenzó hace cuatro o cinco siglos y no precisamente en los orígenes del cristianismo.
Nos encontramos, por lo que puede verse, interpelados por preguntas muy profundas, que no solo nos exigen intentar comprender a las nuevas generaciones sino que nos conducen necesariamente a entendernos en profundidad como evangelizadores, siempre necesitados a la vez de evangelización, en un aquí y ahora muy complejos que a nosotros también nos afecta.
¿Dónde están las respuestas a estos interrogantes? Creo que si partimos de la toma de conciencia de que no podemos seguir haciendo y proponiendo las mismas cosas como si el mundo no hubiera cambiado, la clave es afrontar el desafío en comunidad, con espíritu de oración, discernimiento y acción, desde un lugar al que debemos prestarle mucha atención. Como muy bien lo dice el mismo Ginel: “Si se trata de repensar la catequesis, el punto de partida tiene que ser lo que pasa en la catequesis, lo que viven los catequistas, que día a día intentan comunicar el mensaje de Jesucristo a otros. Es sobre el terreno donde se perciben de manera más clara los síntomas que piden un cambio” (p. 11).
Urge escuchar a los catequistas, brindarles espacios de comunicación de calidad (no simples “comentarios de pasillo”) para que puedan expresar sus vivencias, observaciones y preocupaciones. Son ellos los que ponen el cuerpo en el cotidiano de la misión y son ellos los receptores directos de muchos sufrimientos, anhelos, necesidades y cuestionamientos a través del contacto directo con los chicos y sus familias.
Ahora bien: toda observación de la realidad, por más que brote del amor y del compromiso, si quiere ser analizada y captada en toda su densidad de sentidos, debe ser ayudada por interrogantes, debe ser de algún modo anticipada y guiada con ciertas estrategias de análisis.
Me refiero, en concreto, a que es muy importante que los catequistas cuenten con algunos instrumentos exploratorios que les permitan hacer diagnósticos reveladores de la realidad en la que trabajan (cuestionarios, aspectos puntuales a observar, relatos escritos de lo que observan, registros audiovisuales de experiencias, entrevistas, puesta en tensión de dos aspectos para dilucidar cómo se relacionan (por ejemplo, edad y sexo en referencia a un determinado tema).
Son tiempos muy exigentes y no hay más tiempo ni lugar para el estancamiento. Que los “tiempos difíciles que corren”, lejos de desanimarnos, nos impulsen a una verdadera renovación de la catequesis. ■

Dra. Mónica Moore – Especial para Encuentro

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