Renovar el valor de una sonrisa

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Renovar el valor de una sonrisa

En estos tiempos en los que andamos tan angustiados y preocupados, eso se refleja en nuestros rostros. Hasta el Papa, con cierto humor, repite constantemente que no andemos con “cara de vinagre”. Quizás a veces tengamos una razón justificante. En otros casos, se debe a que se nos ha ido pegando una mueca de tristeza, de sequedad que sería bueno desterrar.
Tenemos que renovar el valor de una sonrisa. Decía San Alberto Hurtado: “Una sonrisa no cuesta nada pero vale mucho. Enriquece al que la recibe sin empobrecer al que la da. La sonrisa se realiza en un instante y su memoria en cambio perdura para siempre”.
En este sentido, recordaba las palabras de un indigente hindú  antes de morir: “No he visto a Dios cara a cara pero la sonrisa de la Madre Teresa me basta hasta que me encuentre con Él”.
Y continúa San Alberto Hurtado: “Nadie es tan rico que pueda prescindir de ella (de la sonrisa) ni tan pobre que no pueda darla. La sonrisa crea alegría en la casa, fomenta buena voluntad y es la marca de la amistad. Es descanso para el aburrido, es aliento para el descorazonado, es sol para el triste y es recuerdo para el turbado. Y con todo, no puede ser comprada, no se mendiga, no se roba porque no existe hasta que se da. Nadie necesita tanto de una sonrisa como aquellos que ya no tienen una para dar a los demás.”
Me parece muy fuerte y linda  la experiencia de un escritor francés Raúl Follerau en un leprosario de una Isla del Pacífico. Él dice que le sorprendió que entre tantos rostros muertos y apagados hubiera alguien que conservara unos ojos claros y luminosos que aún sabían sonreír, y que se iluminaba con un “gracias” cada vez que alguien le ofrecía algo. Entre tantos cadáveres ambulantes sólo aquel hombre se conservaba humano.
Escribe Follerau: “Cuando pregunté  qué es lo que mantenía a este pobre leproso tan unido a la vida alguien me dijo que observara su conducta durante las mañanas. Y entonces vi que apenas amanecía aquél hombre acudía al patio que rodeaba al leprosario y se sentaba frente al alto muro de cemento que lo rodeaba. Y allí esperaba hasta que a media mañana aparecía detrás del muro por unos cuantos segundos otro rostro; una cara de mujer vieja  y arrugadita que sonreía. Entonces el hombre comulgaba con esa sonrisa y sonreía él también. Luego el rostro de mujer desaparecía y el hombre iluminado tenía alimento para seguir soportando una nueva jornada y para esperar a que mañana regresara aquél rostro sonriente. Era, me explicaría después el mismo leproso, su mujer. Cuando a él lo arrancaron de su pueblo y lo llevaron al leprosario la mujer lo siguió hasta el poblado más cercano y acudía cada mañana para continuar expresándole su amor. “Al verla cada día – comentaba el leproso- sé que todavía estoy vivo””.
Quizás tengamos que revisar si debemos asomarnos más seguido en el muro de la vida de quienes tenemos cerquita y ofrecerles  una sonrisa; tal vez necesiten de nosotros una actitud distinta así como del mismo modo nosotros muchas veces también esperamos una sonrisa de los demás. ■

LA COLUMNA DEL PADRE
Ángel Rossi SJ

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