Reírse de uno mismo | Periódico Encuentro

Reírse de uno mismo

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Reírse de uno mismo

Aunque se piense lo contrario, no es fácil amarse humildemente a uno mismo. Aceptarse como se es y,a la vez, luchar por ser lo mejor que se pueda, pero sabiendo siempre que esa mejoría se va a conseguir a partir de nuestros límites.

Propongo que reflexiones juntos de un arte “supremo”; del arte supremo de reírse de uno mismo, que es un arte difícil que no se enseña en ninguna universidad del mundo.
Es un arte imprescindible si uno quiere escapar de dos grandes tentaciones, de dos grandes demonios de la vida humana: la tentación que nos incita a adorarnos a nosotros mismos, por un lado, y la tentación que nos empuja a odiarnos, desde nuestro propio corazón, por el otro lado. No sé cuál es la proporción exacta, pero creo que el 95 por ciento de la humanidad cae en uno de estos dos pecados. A veces en los dos simultáneamente y sucesivamente.
En el caso de la primera tentación (adorarse a uno mismo) es una tarea placentera, y aunque se ven más tentados en esto los llamados hombres públicos, también afecta incluso a quienes objetivamente quizá tienen o tenemos pocos motivos para esa autoadoración.
Pero en una situación peor que en esta de adorarse a uno mismo están los que se odian a sí mismos, que también son millones. Es decir, gente que no se perdona por no haber realizado todos sus sueños, personas que están decepcionadas de sí mismas, aquellos que quizá a partir de los desencantos que anidaron en el corazón lo trasladan hacia afuera en amargura y resentimiento.
Aunque se piense lo contrario, no es fácil amarse humildemente a uno mismo. Aceptarse como se es y, a la vez, luchar por ser lo mejor que se pueda, pero sabiendo siempre que esa mejoría se va a conseguir a partir de nuestros límites.
Un padre jesuita experto en moral, decía siempre que “si no podemos lo ideal, debemos hacer lo posible”. Este es el desafío.
A veces, como no podemos lo ideal directamente no hacemos nada; nos quedamos inmovilizados. Por el contrario, si no podemos lo ideal hagamos lo posible. Esto también vale para uno mismo.
El Evangelio dice que Dios, al mandarnos que amemos al prójimo como a nosotros mismos, nos está mandando también a que nos amemos a nosotros mismos como al prójimo, cosa que a veces es difícil.
Muchas veces lo vemos en los violentos de este mundo, o en lo violentos que solemos ponernos nosotros mismos. Los violentos son, por lo general, personas que en el fondo están furiosas consigo mismas. Lo que sucede es que aquel que odia ha empezado primero por detestarse a sí mismo.
Por eso creo que es importante, aunque el título parezca superfluo, esto de reírse de uno mismo, y pregonar hoy este arte de reírse de uno mismo, siempre que sea una sonrisa que surja de la piedad, de una suave ironía o de una mirada compasiva sobre nosotros mismos. Un buen ejemplo pueden ser las miradas de los papás hacia sus hijos pequeños, y también, quizás, parecida a esa sonrisa con la que Dios contempla a la humanidad.
Es un arte muy difícil que sólo le llega al hombre con la madurez,  cuando  ha conseguido una actitud pacífica consigo mismo. Decía por ahí un Padre de la Iglesia: “Encuentra tú la paz y miles de hombres descansarán junto a ti”. Es decir, esas personas lindas que uno conoce que son pacíficas y han logrado una paz interior se vuelven cobijo para los demás.
Los hombres deberíamos vivir, se dice, con el alma siempre en borrador, sabiendo siempre que todo está en camino, que nada es definitivo ni irrepetible; en todo caso, todo puede ser mejorado y multiplicado. Y cuando se nos endurecen el alma y las ideas, envejecemos y empezamos muchas veces a ser juguetes de la amargura. Por eso, quizás, es lindo pedir todos los días a Dios -o nosotros mismos a nuestro corazón- que nos dé por un lado el corazón de un idealista y, por otro lado, la cabeza de un humorista. Y es que, como dice un autor, “que nos dé un corazón idealista para que siempre arda en nosotros el deseo de ser más altos, más hondos, más anchos de lo que somos y la cabeza de un humorista”.
Pedir la  cabeza de un humorista para no enfurecerme ni avinagrarme cuando cada noche descubra lo poco que he conseguido crecer.
Por eso propongo este desafío. Puede ser una especie de deber, y dicen por ahí que quizá un primer ejercicio para aprender a reírse de uno mismo es al levantarse a la mañana mirarse al espejo; posiblemente allí encontremos un buen motivo para reírnos de nosotros mismos. ■

La columna del PADRE
Ángel Rossi SJ

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