La madre Catalina Rodríguez nos envía a la misión

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La madre Catalina Rodríguez  nos envía a la misión

Las Esclavas del Corazón de Jesús misionan en Benín, África, desde hace veinte años, respondiendo así al deseo de la Madre fundadora. Su beatificación nos interpela a poner nuestras manos allí donde Dios las quiera llevar. En entrevista con el Periódico Encuentro, la hermana María José Bonanzea cuenta su experiencia.

La hermana María José Bonanzea tiene 46 años y hace 28 que pertenece a las Esclavas del Corazón de Jesús. Ella descubrió su vocación cuando era joven y de una forma muy natural. Pertenecía a la Acción Católica y participaba de grupos juveniles en su ciudad, Villa Carlos Paz. No conocía nada de monjas ni de órdenes religiosas. Solo tenía una certeza interior: ella sería misionera. Le pidió a su director espiritual que le ayudara a elegir dónde podría dar curso a este llamado, y él,  conociendo su perfil, le dijo visitara las Hermanas Esclavas.
“La orden en ese momento no tenía misiones, pero sin duda Dios ya tenía un lugar para mí. Yo venía con la idea de que quería ser misionera en África y esto recién fue realidad nueve años después de que yo ingresé”, evoca.
Uno de las mociones de la Madre Catalina era la universalidad del sueño, esto es, que fueran por todo el mundo, donde Dios quisiera llevarlas. Así fue también para esta hermana.  María José cuenta que la primera misión en la que participó fue con la comunidad Wichi, en el Chaco salteño.
“Ese fue mi primer contacto con una cultura absolutamente distinta, un abrirse al mundo de lo diferente”, asegura. Años después partió rumbo a África, Benín, donde todo fue aprendizaje, según comparte. Ella nos explica que no hay mucha rotación en la misión porque el tiempo de adaptación y de conocimiento allá es largo. La hermana es parte de la misión Sagrado Corazón hace diez años.
Una de las primeras barreras es la lengua, ya que si bien se habla francés en la ciudad, la gente en las aldeas no lo hace. Existen más de 35 lenguas diferentes, propio de una zona que es un verdadero mosaico de culturas y etnias compuesta, fundamentalmente, por inmigrantes.
Los habitantes provienen de Nigeria, de Burkina Faso, de Togo, de Malí, de Níger, entre otros países. “Ante este escenario tenés que abrir tus puertas y absorber por cuanto poro puedas un mundo que es absolutamente distinto del que aprendiste y en el que viviste. Poder comprender situaciones de postergación y pobreza muy distintas a las que se viven en nuestros barrios”, reflexiona.
En 1997 la misión Sagrado Corazón, una obra de primera evangelización, hizo su primera comunidad en una ciudad de Benín, Parakou. Desde allí, iban y venían recorriendo 70 kilómetros de tierra de un camino que une, hacia el oeste, con la  frontera nigeriana. A lo largo de esta carretera se encuentran más de 45 aldeas, dispersas, la gran mayoría con casitas de adobe y paja, las mejores con techo de chapa. Las poblaciones no cuentan con ninguno de los servicios básicos, algunas tienen perforaciones de agua que abasten la zona.
“Nuestra obra trabaja en la promoción femenina, promovemos microemprendimientos, la formación, el control del desarrollo de los niños para bajar los índices de mortalidad infantil”, puntualiza la hermana.
A partir del 2014, la misión se traslada a  una de las aldeas. “No tenía sentido estar tantas horas arriba de la camioneta, que nos restaba tiempo de estar con la gente, de acompañar más la vida de las comunidades cristianas de la zona; estábamos como de visita de alguna manera. Era difícil integrar, acompañar y conocer. Por esto decidimos que era el tiempo de dejar la ciudad y vivir en una aldea”, recuerda.
Esta aldea se llama Kpari que significa “mi casa”. En ella viven unos 1200 habitantes y se hablan 13 lenguas.  “Allá la mujer y el niño son los más postergados de la sociedad, pese a que la mujer es el motor, mueve el África y cada familia. Ellas no paran jamás, y al mismo tiempo, es la que nunca cuenta, la que no tiene voz. Igual sucede con los niños. Saben que tienen que tener ocho hijos porque cuatro sobreviven y los otros no. Dicen que son extranjeros que vienen, y que a lo mejor, se quedan. Por eso les ponen su nombre recién a los dos o tres años. Son formas de enfrentar una realidad muy dura”.

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El paso de Dios
En cuanto a la evangelización, la hermana María José cuenta que trabajan con cristianos y no cristianos; hay de todas las religiones. “Benín, en ese sentido, es una escuela de tolerancia.  Es un desafío transmitir la fe en este contexto. Te asombras también de descubrir el paso de Dios en esta gente que nunca oyó hablar de él”, comparte. “Ellos tienen un protagonismo a la hora de hacer comunidad increíble. No dependen de un sacerdote, religiosa o laico. Ellos mismos toman la posta, necesitan rezar juntos, son muy comunitarios. Y eso es semilla del Verbo; el Espíritu allí sopla”, afirma la religiosa.
Una anécdota basta para acercarnos a esta vivencia.  Cuenta la hermana que a casi dos años de estar allá  fue a verlas una comitiva de dos hombres y dos ancianos que querían hablar con ellas.  Uno de los hombres le dice que querían ser cristianos y le pide vayan a su pueblo a anunciarles. “Allá hay pocas posibilidades de recibir el anuncio, hay pocos sacerdotes, religiosas. Entonces si realmente la gente está interesada se te acercan.  Y entonces les pregunté por qué querían ser cristianos. Y uno de ellos me dice ‘mire hermana, nosotros hace años que las venimos observando y vemos que vienen y pesan a nuestros hijos, ayudan a nuestras mujeres, nos enseñan cosas, llevan a los enfermos a curarse. Entonces nosotros nos dijimos: esta gente dejó a su familia, han venido acá donde nadie les conoce, y vienen y nos hacen el bien y ellos dicen lo hacen por su Dios. Si es así, queremos conocer ese Dios’. Eso se me grabó a fuego, me explicaron la misión. Los gestos les acercaron a Dios”, cuenta emocionada.
La misión
María José asegura que esta fiesta debe llevarnos a la acción. “Lo primero que podemos recibir de Catalina es esto de que nos tira para adelante. Nos interpela a preguntarnos qué vemos al lado nuestro, y de lo que vemos, qué aportamos. La invitación es a imitar su capacidad de ser concretos a la hora de dar una respuesta, y al mismo tiempo, asociar a otros. Detectar en concreto necesidades, como hizo ella, más allá de las fronteras sociales, porque la fe nos abre a otras ventanas. Además, vivenciar la universalidad en el deseo. Es decir, yo veo esto y me encantaría que los míos vayan más lejos aún. Aunque ella no lo pudiera hacer, su deseo era ir por más. Y eso abre espacio a la misión. Es sentir como propio el sufrimiento de nuestros hermanos aún cuando no nos toque directamente”. ■

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