Ester apuesta a la vida en la escuela “Isi nilataj”, luz eterna en wichi

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Ester apuesta a la vida en la escuela  “Isi nilataj”, luz eterna en wichi

Esta es la historia de Ester Lidia Ramoa, de 48 años. Hace 25 convive con los hermanos wichis del Chaco salteño, desde 2005 está en la localidad de Santa María departamento Rivadavia, en Salta.
La conocimos cuando llegó la crecida furiosa del río Pilcomayo los primeros días de febrero de 2018; es maestra rural de la escuela “Isi nilataj” que en lengua wichi significa “luz eterna”, su lugar en el mundo.
Ester llegó a esta zona muy joven, a un paraje llamado Bajo Grande, donde solo había un techo de paja para dar clases a una población en la que el 90% de los habitantes eran wichis: “Nos llevó mi abuelo materno, que conocía bien el campo. Yo tenía cuatro años y mis hermanos dos años y Nicolás era bebé. Estábamos rodeados de aborígenes, buenos y muy curiosos que nos observaban todo el tiempo hasta que entraron en confianza. Ahí mi madre con solo 20 años estuvo cuatro como maestra interina, pero ya se notaba la fuerza de su vocación”, cuenta Daniel Torres (30), el hijo mayor de Ester, un abogado que vive en Córdoba.
“Su logro más grande en este lugar fue conseguir el agua potable luego de 15 notas que presentó sin darse por vencida. La gente hasta ese momento se abastecía con agua de la laguna. Recuerdo que no había nada, la luz la encendíamos con unos mecheros que alumbraban a gasoil. Esto marcó mi infancia de una manera radical”, agrega Daniel, quien dice orgulloso que ingresó con promedio 10 a la Facultad de Derecho de la UNC; y cuando les cuenta a sus colegas y amigos esta parte de su historia, les cuesta entender cómo su madre dio la vida sin esperar nada a cambio.
Ester no conoce de vacaciones, ni de viajes, ni de muchas posesiones: “Mi mamá fue madre, cocinera, maestra, enfermera, psicóloga, todo eso junto, yo no recuerdo tardes donde ella no ayudaba a los chicos que venían atrasados en la enseñanza”, expresa Daniel.
Actualmente, es directora  y maestra de la Escuela “Isi nilataj”, en Santa María. Las clases comenzaron el 19 de marzo pasado porque era imposible para los chicos llegar a la escuela por la devastadora inundación que no les dejó nada. A un mes y medio de la crecida del río Pilcomayo, las familias wichis siguen viviendo a la orilla de la Ruta 54.
“Me siento enraizada con la gente del lugar como si fuera mi familia, aquí se crearon mis vínculos y estoy para pensar en ellos. Conozco a cada familia y quiero a los niños como parte de mi vida, aquí la gente es buena y generosa, poco comunicativa así que además de enseñarles, escucho a las mujeres que se acercan para contarme sus miedos, sus problemas, necesidades y les doy la información que necesitan”, comenta Ester en una comunicación telefónica.
Nicolás, su segundo hijo (28), vive en Salta, heredó la vocación de su madre y reconce de ella la austeridad y el sacrificio. “Mi mamá es una  persona sencilla y humilde sin apego a lo material, trabaja como maestra hace más de 25 años en la zona y siempre en comunidades wichi, son muchos los maestros que se sacrifican como ella”, narra.
La escuela Isi nilataj tiene 215 alumnos en doble turno, de 8 a 12.15 y de 12.45 a 17 horas; los chicos llegan caminando o los llevan en moto, porque les queda a unos cuatro kilómetros de distancia. Cuentan con auxiliares bilingües para que los niños aprendan la legua wichi y el castellano. Ester lamenta y, al mismo tiempo, suplica por una mejor asistencia médica para los pobladores “en estos últimos meses entre 4 y 6 mujeres perdieron a sus bebés por no llegar a tiempo al parto”.
No obstante, la escuela intenta promover con esfuerzo un programa de salud por medio de un proyecto de enfermería para estudiantes a cargo de Marta Salazar, de Alto Tartagal, que van una vez al año, momento que aprovechan de este recurso.

La fe sostiene
Mujer incansable que está sostenida por la “fe” en una apuesta a la educación y la lucha por mejorar las condiciones de vida de las familias aborígenes. Les habla de la bondad de Dios. “Seguimos rezando y confiando -añade- y nos sentimos acompañados por Madre Catalina”, a quien conoció compartiendo las misiones con las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús ubicadas en Tucumán y Salta.
Además, cuenta con el apoyo del padre Luis Gómez, del Obispado de Orán, que visita los parajes y celebra misa una vez al mes; respeta a los anglicanos que catequizan en el lugar porque, en realidad, su “sueño” sigue intacto.
¿Qué necesitan?
Si bien el drama pasó para la agenda pública y de los medios, continúa la desolación de la gente que necesita levantar de nuevo sus casas. Ester pide a todos los que puedan sumarse con algunos elementos para ayudar en este momento puntual: cables para conexiones domiciliarias, herramientas para trabajar, alambre, palos, tirantes, impermeables y botas de goma que las usan todo el tiempo para trasladarse de un lugar a otro en medio del barro.
Las donaciones se reciben donaciones en el Colegio Sagrado Corazón de Tucumán, Alberdi 501 – Tucumán – Argentina. De lunes a viernes 8 a 14 y el sábado de 8 a 12 horas. ■

 

Rosana Triunfetti
Especial para Encuentro

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