Una catequesis para ir a votar

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Una catequesis  para ir a votar

El enorme descontento de muchas personas para con la “clase política”, para con la corrupción, para con los que, teniendo el deber de perseguirla, juzgarla y condenarla no lo hacen, ha empujado a muchos a una especie de cansancio moral respecto de sus obligaciones ciudadanas.
Muchos están esperando las próximas elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (las Paso) que se realizarán el domingo el 13 de agosto, para expresar su cansancio o su enojo “político-ciudadano”.
Este sentimiento que lleva a muchos a decir “yo no voy a votar”, tiene sobradas razones. A saber: la corrupción, la injusticia, la pobreza, la exclusión, la mentira y el engaño de parte de representantes de la dirigencia política. Engaño que se hace evidente una vez más cuando, ante el mecanismo de las elecciones Paso, la mayoría de los partidos no han sido capaces de cumplir con la prescripción de la ley electoral que estableció las elecciones primarias para la democratización de los partidos, para que se presentaran más de un precandidato por cada agrupación de manera que, de entre ellos, los ciudadanos pudieran elegir el mejor. Lejos de esto, la mayoría de las fuerzas políticas lleva un solo precandidato o precandidata a una elección que tendrá más de pantomima que de ejercicio ciudadano real.
Pero esto que, como decimos, tiene sus razones, no deja de ser una tentación negativa, una calle sin salida. Una democracia sin participación es como una Iglesia sin fe, sin caridad y sin esperanza; le falta lo esencial. Por este motivo es que nos parece apropiado repasar algunos conceptos de la Doctrina Social de la Iglesia respecto de la autoridad política, del deber de participación y del compromiso cívico. Por ahí, reflexionar sobre lo más alto nos devuelve la esperanza de volar sobre nuestras propias inseguridades y enojos.
Dice en el Catecismo de la Iglesia Católica que “el cuarto mandamiento de Dios nos ordena también honrar a todos los que, para nuestro bien, han recibido de Dios una autoridad en la sociedad. Este mandamiento determina tanto los deberes de quienes ejercen la autoridad como los de quienes están sometidos a ella”. Es taxativo el Catecismo cuando dice que “los que ejercen una autoridad deben ejercerla como un servicio (…). El ejercicio de una autoridad está moralmente regulado por su origen divino, su naturaleza racional y su objeto específico. Nadie puede ordenar o establecer lo que es contrario a la dignidad de las personas y a la ley natural”.
En cuando a los deberes de gobernantes y gobernados, señala que los primeros “deben ejercer la justicia distributiva con sabiduría, teniendo en cuenta las necesidades y la contribución de cada uno y atendiendo a la concordia y la paz. Deben velar porque las normas y disposiciones que establezcan no induzcan a tentación oponiendo el interés personal al de la comunidad”.
Y en cuanto a los ciudadanos, se señala que su deber “es cooperar con la autoridad civil al bien de la sociedad en espíritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad. El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad”. Y en el punto 2240, señala: “La sumisión a la autoridad y la corresponsabilidad en el bien común exigen moralmente el pago de los impuestos, el ejercicio del derecho al voto, la defensa del país”.
Vale la pena recordarlo cuando, tentados por la desesperanza, nos dejamos llevar por el miedo al fracaso.
Las Paso pasarán; y también las elecciones de octubre. Pero antes de que pasen, nuestro deber de cristianos y ciudadanos comprometidos con el bien común, nos exigen un esfuerzo más a favor de la participación. ■

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