Olímpicamente humanos

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Olímpicamente humanos

Javier Cámara – DIRECTOR
javierenriquecamara@gmail.com

Podemos imaginarnos el momento, aunque lo vamos a poder vivir en pocos días más: la carrera final de los 100 metros llanos. Un estadio repleto con personas de todo el mundo; banderas de distintos países, gritos, vítores. Las cámaras de televisión apuntándoles a los deportistas también retratados en los objetivos de los fotógrafos profesionales y de los aficionados, con sus teléfonos celulares; millones de personas en todo el mundo atentas a las imágenes que muestra la televisión; toda la publicidad brillando y ofreciendo cualquier cosa disfrazada de medalla de oro; toda la tensión del momento. Y solos, absolutamente solos consigo mismos, los competidores, los deportistas, los atletas, los hombres…

El hombre. Se podría quitar todo lo demás de ese momento y, sin embargo, el verdadero valor estaría allí, indemne: El hombre y la superación de sí mismo.

¿Qué pasa por esa mente? ¿De qué manera corre la tensión por sus músculos? ¿Adónde dirige la mirada, su pensamiento, su potencia? ¿Qué razones impulsan a ese corazón, a esa sangre, a ese espíritu? ¿Estará pensando en todo el sacrificio que le costó llegar allí? ¿Recordará acaso los esfuerzos de sus padres, los inicios de su carrera, sus sueños? ¿Estará rezando?

Mal que les pese a muchos, y a pesar de que otros tantos lo han olvidado, los juegos olímpicos nacieron, fueron y serán una fiesta religiosa; no una fiesta estrictamente cristiana o católica (aunque esto dependerá de quién la viva y cómo). Pero históricamente constituyen una celebración “religiosa” porque el deporte, la cultura y la humanidad que se expresa a través de ella, “re-ligan” (unen dos veces) al hombre con su propia esencia trascendente.
Lo sabían aquellos griegos precursores de los Juegos que vivieron en la ciudad de Olimpia unos 700 años antes de Cristo, quienes preparaban con intensidad “cuerpo y mente” durante años, para honrar a sus dioses con destrezas y esfuerzos.

Tanta importancia tenía aquella ofrenda que cuando las ciudades de estado griegas entraban en guerra, la llegada del tiempo de los juegos olímpicos suspendía los enfrentamientos armados para dar paso a esta competencia de paz, por su profundo valor religioso y cultural.

Los valores humanos tienen muchísimo que ver con la religión y con la cultura. Y el deporte sano está repleto de valores dignos de celebrar. Veamos:

Concentración: La concentración de la mente es el acto de la voluntad mediante el cual aplicamos a un objeto u objetivo determinado la energía de una de nuestras facultades. Concentrarse exige al hombre prestar atención al objetivo de manera aplicada, sostenida, perseverante. “De la concentración – dijo en alguna oportunidad el filósofo francés Jean Guitton- nace una tensión, una energía focalizada; y, de pronto, como respuesta, la idea creadora emerge de un silencio obstinado. La flecha parte de una cuerda tensa”. ¿No es ésta la imagen perfecta del atleta que espera en tensión la orden de largada para salir “como una flecha” hacia la meta?
Para ser principio de acción, para emprender cualquier objetivo, para salir “como una flecha” hace falta “coraje” (coraje, proviene de “corazón”); un coraje que expresa también “fuerza moral” y un “sacrificio” que puede llegar a ser heroico cuando surgen obstáculos. Estos valores se multiplican en las historias de atletas olímpicos y presenciar sus logros es digno de una celebración. Aristóteles, otro griego, decía que “sólo nos volvemos hombres superándonos”.

Esperanza: la esperanza es una disposición del espíritu que mueve al hombre a creer en la realización de lo que desea. Esa disposición del espíritu es también la que influye de manera determinante en las personas para lanzarlas hacia el logro buscado. En este caso son triunfos deportivos; en la mayoría de las personas, la felicidad; en los que nos decimos cristianos, la conversión para mirar la existencia desde el Corazón de Jesús.
Todos los caminos de la virtud cuestan. Por eso la perseverancia es otra virtud necesaria para el deporte y para la vida que podemos admirar en los atletas olímpicos. Perseverar es “persistir en la dificultad”. Cuando la perseverancia está asociada al bien es más valiosa que la habilidad. Por eso no siempre ganan los más hábiles, pero sí los más perseverantes.

Por último, el valor de la templanza. Se trata de la virtud que ayuda a las personas a esforzarse en resistir a la atracción de las pasiones y de los placeres si se tornan excesivos. De este modo, la templanza da equilibrio en el uso de los bienes, asegura la supremacía de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos dentro de los límites de la honestidad. Los deportistas olímpicos -y los santossaben de esto, de que tienen que cuidarse, cuidar su cuerpo, autoimponerse límites en pos de su rendimiento. Y muchos lo logran en una auténtica superación que hoy es contracultural. También podríamos hablar de armonía, de prudencia, de respeto y de generosidad como otras de las tantas virtudes deportivas que son “religiosas” porque nos “re-ligan” con nuestra propia trascendencia. Son las que valen mucho más que una medalla de oro. Durante los Juegos Olímpicos, el mundo festeja estos logros del espíritu humano. Ojalá algún día celebre también los mismos logros que no se expresan deportivamente, sino con actitudes morales, como por ejemplo, la defensa de la vida naciente.

 

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