¿No te Preocupa el futuro de la Iglesia?

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¿No te Preocupa el futuro de la Iglesia?

Un par de días después de que el Papa Benedicto XVI sorprendiera al mundo -y sobre todo a los medios de comunicación- con su renuncia, se me acercó un colega periodista para preguntarme cómo me sentía, como católico, en medio de esta “grave situación” de la Iglesia y de su “inquietante” futuro.
La pregunta, formulada con buenas intenciones, revelaba una preocupación auténtica de alguien que se había “introducido” al análisis de la situación a través de la información que había visto y escuchado a través de los medios de comunicación masivos.
Claro, después de escuchar a la troupe de opinadores locales y foráneos, y de leer -por ejemplo- a los columnistas del diario español anticatólico El País (cuyos artículos transcriben Clarín y La Voz del Interior) que escriben de la Iglesia sin conocerla o sólo sobre la base de prejuicios, mi compañero estaba convencido de que la Iglesia era, prácticamente, una sucursal del infierno: que el Papa había renunciado como consecuencia de “las oscuras presiones que ejerció sobre él el poder vaticano y la mafia clerical que oprime a los fieles de todo el mundo con sus negociados diabólicos y con su moral conservadora”.
Pobre -mi compañero-; hasta hace unas pocas semanas los mismos “analistas” le habían “informado” que Benedicto era “un nazi”, el “rottweiler de la ortodoxia”, el jefe de la “Inquisición o Santo Oficio”, el maquinador de los espurios negocios del desaparecido Banco Ambrosiano, y el gran protector de los pederastas de todo el mundo…y ahora, de repente, se había convertido en una víctima de todo eso. Simplemente por haber renunciado al papado.
Tardé apenas un instante en contestar porque la respuesta me salió del corazón. Yo no estaba preocupado.
Al contrario, estaba tranquilo. La renuncia del Papa no me había alterado más allá de la emoción por lo que
debe haber implicado para la vida espiritual del Santo Padre tomar semejante decisión histórica, inaudita en
los últimos 600 años. También estaba tranquilo -con una sensación de paz interior- respecto del futuro, respecto de lo que harán los cardenales que tienen la responsabilidad de elegir al nuevo Papa. Y esto, a pesar de haber escuchado los análisis de los opinadores y leído las elucubraciones que se hicieron, se hacen y se seguirán haciendo en los medios de comunicación mientras haya una Iglesia peregrina y misionera.
¿De dónde sale esa tranquilidad, esa sensación de paz, incluso de consuelo, que por estos días he apreciado también en muchísimos hermanos y hermanas en la fe, laicos y religiosos? ¿Será consecuencia, acaso, de una actitud de autoengaño
que nos imponemos los católicos para desechar cualquier crítica para con la Iglesia? ¿Será producto de una mirada inocente sobre las formas con las que se desenvuelve la burocracia del Estado Vaticano en la atención de los asuntos temporales? No. No se trata de eso. La tranquilidad y el consuelo con los que el Pueblo de Dios afronta esta y otras circunstancias históricas tiene que ver con la fe, con la esperanza y con la caridad que el Señor regala pródigamenteMientras otros sospechan, nosotros creemos. Mientras otros acusan, nosotros rezamos. Y lo hacemos  porque, en el fondo de todas las cuestiones, hemos “visto y oído” que es el Espíritu Santo quien guía la Barca de Pedro a través de los siglos, a través de sus santos, escribiendo derecho incluso sobre las líneas torcidas por los pecados de sus hijos.

Esta confianza en el Señor nos permite confiar también en los hombres. Por eso creemos que, efectivamente, el Papa renunció no sólo porque quizo hacerlo, sino, también y sobre todo, porque debía hacerlo. Y lo mismo con los cardenales que elegirán al próximo Papa atentos a los designios del Espíritu Santo. En eso radica nuestra fe en la Iglesia: en saber que el hombre es capaz de conocer la voluntad de Dios y es capaz, también, mediante su gracia, de llevarla a cabo,
aun cuando implica sacrificio, dolor y renuncia.

Lo sabemos porque lo experimentamos. Con matices, de acuerdo con la vida de fe que cada uno lleva, los cristianos afrontamos de manera cotidiana el proceso esencial de sabernos amados por Dios, de amar, de ser tentados; de caer en la tentación, amar menos, imponernos ante los demás; pecar, tomar conciencia del pecado y experimentar el dolor por el daño causado; de arrepentirnos, pedir perdón y de volver a convertirnos, mediante la gracia de Dios, en un instrumento suyo al servicio de los demás, hasta la vida eterna.
En una cultura antropocéntrica, en la que todos están acostumbrados y convencidos de que no hay otras motivaciones sino las que determinan sus propios deseos, es muy difícil -cuando no imposible- admitir la posibilidad de que alguien haga no lo que desea sino lo que debe hacer. Quien no conoce el amor de Dios y no reza, no dedica tiempo efectivo de su vida a ponerse en su presencia, y no le busca y escucha también en los pobres y enfermos, no podrá saber nunca, con certeza, cuál es su verdadera voluntad.

Dice el beato Carlos de Foucauld, quien renunció a todo para predicar el Evangelio en el desierto del Sahara: “Confianza absoluta, que si yo soy fiel, la voluntad de Dios se cumplirá, no solamente a pesar de los obstáculos, sino gracias a ellos. Los obstáculos son la señal de que una cosa agrada a Dios. La debilidad de los medios humanos es un motivo de fuerza. Dios se sirve de los vientos contrarios para conducirnos a puerto… Es la frase de Nuestro Señor a Santa Teresa la que
me anima frecuentemente en mis cobardías y mis bajos respetos humanos: ‘O bien se me glorificará o se te despreciará; en los dos casos tu ganarás en ello’”.

JAVIER CAMARA // DIRECTOR PERIÓDICO ENCUENTRO
javierenriquecamara@gmail.com

Cantidad de Artículos : 51

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