Lo que nos dejo el caso Bergalló

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Lo que nos dejo el caso Bergalló

Javier Cámara – DIRECTOR
javierenriquecamara@gmail.com

A la hora en la que se escribe esta reflexión, el Papa le ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la diócesis de Merlo-Moreno (Provincia de Buenos Aires) al obispo Fernando María Bargalló, quien envolvió a la Iglesia en un escándalo al tomarse unas vacaciones en un hotel de lujo en el Caribe, en compañía -muy cercana, por cierto- de una mujer con la que fue fotografiado y puesto en evidencia en los medios de comunicación.

Al momento de protagonizar este episodio, Bargalló no sólo era el obispo de una diócesis bonaerense, sino que, además, era el responsable de Cáritas para Latinoamérica, y había sido, durante varios años, el titular de Cáritas Argentina.

Su conducta pública (no sabemos ni conocemos cuál es o fue su conducta privada), al menos la que se advierte a través de las fotos publicadas en la prensa, resulta a todas luces reñida con su misión, con su ministerio, con su sacerdocio, con su apostolado, con su responsabilidad.

Por ese motivo resulta obvio que el Papa le haya pedido la renuncia en conformidad con el canon 401, párrafo 2, del Código de Derecho Canónico, que establece lo siguiente: “Se ruega encarecidamente al Obispo diocesano que presente la renuncia de su oficio si por enfermedad u otra causa grave quedare disminuida su capacidad para desempeñarlo”.

Es evidente que Bargalló no está en condiciones de desempeñar su oficio de pastor, un oficio definido por el mismo Jesús: “Cristo el Señor, para dirigir al Pueblo de Dios y hacerle progresar siempre, instituyó en su Iglesia diversos ministerios que están ordenados al bien de todo el Cuerpo. En efecto, los ministros que posean la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos para que todos los que son miembros del Pueblo de Dios […] lleguen a la salvación”, se lee en Lumen Gentium (p.18).

En la Carta a los Romanos, San Pablo escribe: “¿Cómo creerán en aquél a quien no han oído? ¿cómo oirán sin que se les predique? y ¿cómo predicarán si no son enviados?” (Rm 10, 14-15).

“Nadie, ningún individuo ni ninguna comunidad -se aclara en el Catecismo de la Iglesia-, puede anunciarse a sí mismo el Evangelio. ‘La fe viene de la predicación’ (Rm 10, 17). Nadie se puede dar a sí mismo el mandato ni la misión de anunciar el Evangelio. El enviado del Señor habla y obra no con autoridad propia, sino en virtud de la autoridad de Cristo; no como miembro de la comunidad, sino hablando a ella en nombre de Cristo. Nadie puede conferirse a sí mismo la gracia, ella debe ser dada y ofrecida. Eso supone ministros de la gracia, autorizados y habilitados por parte de Cristo. De Él los obispos y los presbíteros reciben la misión y la facultad (‘el poder sagrado’) de actuar in persona Christi Capitis…”.

Actuar en la persona de Cristo -uno se lo puede imaginar- no debe ser sencillo. Más aún en estos tiempos en los que todos nos sentimos y nos creemos con más derecho a recibir que a dar.

En este sentido, el caso Bargalló nos deja enseñanzas a todos los que somos Iglesia. Nos lleva a preguntarnos también si en nuestra vida, tanto pública como privada, damos testimonio del amor de Jesús que nos envía al mundo a ser sus testigos. Si nos esforzamos para que nuestras actitudes sean coherentes con lo que creemos; si también nosotros nos tomamos “vacaciones” de nuestra misión que implica amar al Señor sobre todas las cosas y amar a los hermanos como a nosotros mismos. Está claro a esta altura de la historia, que esa misión se hace imposible sin fidelidad, sin generosidad, sin entrega y sin la gracia del buen Dios.

Muchas veces los que somos Iglesia nos gloriamos de nuestros propios méritos como argumento central para justificar el señalamiento de los pecados de los demás. Y caemos en un orgullo y en una soberbia que no tienen nada de cristianas.

Resulta paradójico, pero, en este sentido, el escándalo por lo ocurrido con Bargalló nos puede ayudar a ver una realidad: que somos pecadores, que necesitamos la gracia del Resucitado (“Mi gracia te basta; que mi fuerza se realiza en la flaqueza”, le dice el Señor Jesús a un abatido San Pablo) y que en esa gracia está la gloria de Dios y del hombre que cree, espera y ama.

No por casualidad el Papa ha predicado en estas últimas semanas sobre lo que significa realmente ser un apóstol del Evangelio. Para hacerlo, releyó al propio San Pablo: “Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones, y las angustias sufridas por Cristo; pues cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte” (ver: 2Cor. 12).

La palabra del Apóstol ilumina también este encono que suele provocarnos el regodeo mediático con las miserias de la Iglesia. Es necesario separar el trigo de la cizaña. Porque, ciertamente, más allá de las miserias que la Iglesia debe erradicar, muchos medios de comunicación y personas que la odian, aprovechan estos acontecimientos para desacreditar la transmisión del Evangelio y la defensa de los valores éticos y morales que se desprenden de una sana antropología.

Pero es cierto que, como Pablo, no deberíamos hacer alarde de nuestras buenas acciones, sino, más bien, de la fuerza del amor de Cristo que actúa justamente en nuestras debilidades. Es Él quien nos redime de nuestros pecados para que podamos salir de nosotros mismos y servir a los demás con alegría.

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