La Prostitución no es un trabajo

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Javier Cámara – DIRECTOR

javierenriquecamara@gmail.com

El lanzamiento de un programa contra la trata de personas, por parte del Gobierno de la Provincia de Córdoba, ha desatado una serie de debates sobre aspectos que afectan a la dignidad humana y que, en consecuencia, atraen nuestra atención.

Este programa oficial incluye un proyecto de ley que, al menos en su versión original, establece la clausura y eliminación de lugares donde se ejerce la prostitución -incluso de manera encubierta-, porque advierte en ésta la motivación principal de la trata y del tráfico de personas con fines de explotación sexual. La argumentación es efecto de una realidad mundial que está demostrada por estadísticas contundentes y dolorosas, sobre la base de testimonios de mujeres que terminan siendo esclavizadas por proxenetas y mafiosos de baja o alta calaña.

Es necesario aclarar que la trata de personas abarca otras esclavitudes además de las que se evidencian en la prostitución. Pero la conclusión más evidente -aunque no muchas veces reconocida- es que sin prostitución se eliminaría la trata de personas casi en su totalidad.

La posibilidad de que el estado efectivamente persiga la instalación de estos establecimientos, y que persiga incluso a quiénes se dicen “consumidores” o “clientes” de la “oferta sexual” ha tocado intereses de todo tipo, en general ligados a lo económico -aunque también algunos ideológicos-, de sectores que reclaman ser escuchados, incluso de asociaciones de mujeres que solicitan se respete el ejercicio de supuestos derechos laborales, ya que se  denominan a sí mismas “trabajadoras sexuales”.

Sin entrar a considerar si el programa del Gobierno es positivo o negativo, si será posible concretarlo o no, nos centrarnos en la discusión sobre una de sus aristas: ¿Es la prostitución un trabajo? ¿Responde a la dignidad humana el concepto de “trabajadora sexual”?

En una sociedad plural, secularizada, que ya no reconoce valores que estén por encima de otros, donde conviven antropologías diversas y muchas veces “poco humanas”, es necesario reflexionar sobre este aspecto con mucha tolerancia y misericordia, pero también con claridad.

¿Qué es “trabajo”? Hay diversas definiciones que, según cómo se las plantee, nos pueden acercar más a la verdad. Desde una mirada superficial que atrae coincidencias, se puede decir que el trabajo es “un esfuerzo personal para la producción y comercialización de bienes y/o servicios con un fin económico, que origina un pago en dinero o cualquier otra forma de retribución”.

Pero tan superficial es esta definición que, desde ella, se podría argumentar sin contradicciones que ser sicario o asesino a sueldo, es también “un trabajo”, ya que hay alguien que se esfuerza por producir un hecho (la muerte de otro) o un servicio (hace algo que otro no puede hacer), a cambio de dinero, es decir, por un fin económico.

Hay algo que no cierra en esta aproximación y tiene que ver con que se deja de lado la cuestión central: el trabajo es una característica humana, “personal”, como dice disimuladamente la definición planteada. Esa distinción eleva el mero esfuerzo corporal y/o intelectual a un plano superior, al plano de los valores que deben responder a la naturaleza y a la dignidad de las personas.

Con ello, el trabajo aparece como un deber y un derecho, mediante el cual la persona actualiza las capacidades inscriptas en su naturaleza, exalta sus talentos y virtudes; procura su sustento y el de su familia y sirve a la comunidad humana. No se trata sólo de esforzarse para ganar plata.

Un proceso similar hay que recorrer para discenir el otro término del concepto “trabajo sexual” que hemos puesto en debate. En general, la sexualidad puede definirse como el conjunto de condiciones anatómicas, fisiológicas y psicológico-afectivas que caracterizan a cada sexo. También, como el conjunto de fenómenos emocionales y de conducta relacionados con el sexo, que pueden marcar de manera decisiva al ser humano en las fases de su desarrollo.

Desde una antropología integral se concluye que la sexualidad no es algo puramente biológico, sino que mira a la vez al núcleo íntimo de la persona. El uso de la sexualidad como donación física tiene su verdad y alcanza su pleno significado cuando es expresión de la donación personal del hombre y de la mujer hasta la muerte.

En efecto, cuando se habla de sexualidad humana, se habla de donación, no de compra o venta; se habla de persona, no de mercancía; se habla de amor, no de dinero.

En conclusión, la prostitución es una actividad humana, pero no un trabajo propiamente dicho que esté a la altura de la dignidad humana; porque no dignifica a nadie, convierte a quienes la practican en meros objetos y no produce ningún bien a la comunidad, sino todo lo contrario.

Es necesario apuntar aquí que hay toda una cuestión cultural que transformar para que se entienda este paradigma. Los verdaderos hombres no pagan por sexo. Incluso en las familias que se dicen cristianas hay resquicios de este estropicio machista cultural: los verdaderos varones no “debutan” con cualquiera; por el contrario, los verdaderos hombres de bien son los que guardan la castidad hasta comprometer su vida para donarla a quien amen hasta la muerte.

Dios permita que todas las personas puedan realizar sus vidas en trabajos y en conductas que estén a la altura de la dignidad humana.

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