La Primavera y la política

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La Primavera y la política

Javier Cámara – DIRECTOR

javierenriquecamara@gmail.com

Con alguna razón los lectores de esta columna se preguntarán qué tiene que ver el equinoccio vernal, es decir el momento del año que determina el inicio de la primavera para el hemisferio sur, con la política y, también, con la fe que profesamos. Merece una explicación histórica, cultural, antropológica la elección de este tema como puntapié inicial para una reflexión sobre cómo esta estación del año puede ayudarnos en nuestra vida como comunidad; en nuestra actitud ante la vida, aquí y ahora, en este tiempo y en esta provincia y en este país donde vivimos.
El “equinoccio” (palabra que proviene del latín “aequinoctium”, que se puede traducir como “noche igual”) es el momento del año en el que el sol se sitúa exactamente en el plano del ecuador terrestre. Y, en consecuencia, el día tiene una duración igual a la de la noche en todos los lugares de la Tierra. En el equinoccio, que ocurre dos veces al año: el 20 ó 21 de marzo (equinoccio) y el 22 ó 23 de septiembre (equinoccio vernal), sucede el cambio de estación anual contraria en cada hemisferio.

Para el hemisferio sur determina el comienzo de la primavera. Semánticamente, primavera es una “primera- vista” de algo: es un ver con nuevos ojos, ver de nuevo, volver a ver, renovarse, renacer. La naturaleza determina que el sol comienza a acercarse a la Tierra. Se marcha el invierno con sus bajas temperaturas y sus días más cortos y oscuros que llevan a los hombres a encerrarse. Con el sol más cercano y la sensación de calidez, comenzamos a abrir puertas y ventanas. Se da naturalmente una celebración de la vida, del reverdecer de las plantas, de las flores, y todo se convierte en un campo propicio para el optimismo y la confianza. En todas las épocas la primavera fue inspiradora: Homero la explicó con el mito de Perséfone que regresa del inframundo y reverdece la tierra; Boticelli le puso color en una de sus obras maestras del renacentismo; el genio de Vivaldi comenzó su obra “Las Cuatro Estaciones” con “la Primavera” como primer movimiento.

Resulta muy interesante observar que la cultura, en todos los tiempos, se ha dejado influenciar por este fenómeno cíclico de la naturaleza. También en nuestra época ocurre algo similar que se expresa mediáticamente en la participación, muchas veces multitudinaria, de festejos estudiantiles y juveniles que coinciden con el inicio de esta estación. La primavera también tiene una relación simbólica con nuestra fe. El paso del invierno (frío, seco, oscuro, mortal) al reverdecer de la vida que impone la naturaleza, es una analogía del paso de la muerte a la vida, que no es otra cosa que la celebración de la resurrección de Cristo, y del paso del pecado a la vida de la gracia de cada creyente. No por casualidad, en el hemisferio norte la celebración de la Pascua (la resurrección de Jesús) suele coincidir con la llegada de la primavera.
Con todos estos antecedentes históricos, culturales y antropológicos sería una pena reducir la celebración primaveral sólo al bullicio juvenil de una tarde “fiestera”. Y está claro que, como la naturaleza, todos necesitamos renovarnos para que también nuestro tiempo, nuestra cultura y nuestras instituciones puedan reverdecer. En este sentido, es necesario reconocer hoy, en este aquí y ahora, que hay situaciones sociales y políticas en Córdoba y en Argentina que están teñidas de invierno, porque son oscuras, porque son violentas, porque aumentan la desconfianza y nos encierran.
Son situaciones que atentan contra nuestra voluntad de hacernos “hermanos y ciudadanos” y de comprometernos, como señala el lema pastoral de la Iglesia  de Córdoba. Como argentinos y como cordobeses estamos en medio de una gran disputa de poder entre los que nos gobiernan. El Gobierno nacional y el Gobierno provincial se enfrentan por recursos, por autonomía, pero también por los proyectos (intereses) políticos de quienes conducen las administraciones. Se trata de una puja que es discursiva y que se expresa en el ring de los medios de comunicación a través de una escandalosa y millonaria “inversión” publicitaria y propagandística pagada con los impuestos (cada vez más y cada vez más caros) de las víctimas de esta pelea: los ciudadanos.

Como sucede en toda guerra, la verdad es la primera víctima en esta pelea. Están los que dicen que dialogan, pero no lo hacen; y, por otro lado, los que dicen querer dialogar pero sólo lo hacen con quienes les conviene. Lejos del slogan engañoso, la frase que resume su accionar es la siguiente: “Ofrezco diálogo al más fuerte pero impongo ante el más débil”. La disputa, además, es consecuencia de una historia repleta de incumplimientos de dos sectores que, cuando les convino a sus fines partidarios electorales, supieron estar juntos, unidos, en una relación de complicidad que justifican con la palabra “acuerdo”.

Estas mentiras o mediaverdades son la base de la prepotencia con la que actúan los poderosos. Y, aunque sin garrotes y sin balas, son también un tipo de violencia que no hace más que generar la otra, más física, más espectacular, de los que son un poco más débiles y reaccionan ante la injusticia. Ambas violencias son reprochables y atentan contra la convivencia democrática y contra la justicia. Son los inviernos que padecemos y que demoran y obstaculizan la primavera que -no obstante- nunca se cansa de llegar.

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