La antropología de Tinelli

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La antropología de Tinelli

Como en todas las dictaduras, la del consumismo que padecemos, también nos ha dejado un resquicio para la libertad: el control remoto.
Sin embargo, en un ejercicio de profecía “in-mediática” podemos anticipar que las posibilidades libertarias de ese resquicio comenzarán a acotarse.
Desde este mes, el control remoto ya no servirá para escapar de uno de los instrumentos más perversos de sujeción y tortura que nos ha deparado el totalitarismo cultural mediático: vuelve el show de Marcelo Tinelli.
Si viviéramos en un ámbito de verdadera libertad nos daríamos cuenta; y no haría falta esta cantinela. Pero en estos tiempos la libertad es como la aplicación antivirus del celular o de la computadora: todos dicen que la tienen pero nadie sabe usarla.
Viene bien la comparación. “Marcelo”, no la persona, sino todo lo que representa su propuesta, es una especie de virus que aprovecha las bajas defensas de nuestro mórbido hedonismo cultural. Un virus que ya se instaló en las pantallas, que estará cada noche (o noche de por medio) en cada hogar, en vivo y en directo, y que mañana, tarde y noche se repetirá en todos los canales a través de programas de chimentos y noticiarios, radios, diarios, páginas webs, Facebook, Twitter, Instagram o por donde sea. Y allí estaremos todos o casi todos, como verdaderos coprófagos alimentándonos de eso, con la nariz tapada.
Una aclaración para los distraídos: la “coprofagia”, como explica el diccionario, es la ingestión voluntaria de heces, o, en criollo, comer caca. En la naturaleza existen especies animales que practican este acto, otras especies normalmente no lo hacen, excepto bajo condiciones inusuales.
El rating televisivo argentino (y también paraguayo, uruguayo y chileno hasta donde pude averiguar) es la prueba contundente de nuestra anormalidad.
Por eso es oportuno, una vez más, hablar de una “antropología” de Tinelli, en cuanto representa o reúne “aspectos físicos y manifestaciones sociales y culturales de una comunidad humana.
El proceso es el de siempre en cuanto entra por los sentidos: luces, música, belleza estética (aunque los criterios para definirla sean cada vez más dispares), humor, estridencias, espectacularidad, debate.
Pero en casi todos los valores que explota la propuesta se registra una perversión.
Veamos: lo femenino se disuelve en una imagen de mujer cosificada, que cuando deja de mostrar curvas (generalmente artificiadas por el bisturí de la nueva “salud” estética) en una danza porno-sensual, se mete en la pornografía del chusmerío y la agresión, alimentada por la larga experiencia de dos o tres bataclanas -o bataclanos- asumidos en jurados de esa realidad. Lo masculino por lo general se debate entre lo “metrosexopático”, el voyeurismo y una picarezca que cuando no denigra a la mujer se dedica a hacer bullying al que lleve las de perder. “Pero es divertido, ¿eh?”, te dicen. Yvos convenís.
La frutilla del postre de este menú coprofágico es la política por la que hacen desfilar las caricaturizaciones de la dirigencia. Cuidado, muchachos. En la ridiculización de todos los demás podemos encontrarnos con dos sorpresas: con la triste verdad sobre nosotros mismos, y los argumentos de campaña de un futuro que puede ser peor aún: ¡Marcelo presidente! ■

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