El mensaje más valiente por la tragedia del submarino

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El mensaje más valiente por la tragedia del submarino

Mientras escribimos esta reflexión todavía no se ha apagado del todo la ilusión de que los 44 tripulantes del submarino ARA San Juan, que permanece desaparecido luego de sufrir un desperfecto y una explosión a más de 300 kilómetros de la costa argentina, sean encontrados con vida.
En ocasiones, la ilusión (eso de esperar que ocurra lo que se sabe casi imposible que ocurra) es una consecuencia de la esperanza; y muchas veces nos ayuda a los hombres a estar abiertos a los milagros que –muy de vez en cuando- suelen ocurrir.
Se han hecho y dicho muchas cosas en la dramática vigilia que siguió a la desaparición del submarino. Algunas merecen ser tenidas en cuenta. Por ejemplo, la generosa solidaridad internacional que recibimos para el operativo de búsqueda del submarino, por parte de países que en no pocas ocasiones aborrecemos por considerarlos enemigos históricos.
Estamos hablando de Estados Unidos, Chile, Brasil, Reino Unido, Alemania y Rusia, entre otros, cuyos gobiernos enviaron buques, aeronaves, minisubmarinos, recursos técnicos y humanos para colaborar con la búsqueda del ARA San Juan y de su tripulación.
Sirven estas demostraciones para abrir caminos de reconciliación cultural. O, al menos, en lo personal, para medirnos cuando a futuro deslicemos críticas contra quiénes desinteresadamente ayudaron al país en este momento dramático. Si hay algo peor que ser desmemoriado, eso es ser desagradecido.
También vale la pena rescatar el planteo que ha surgido en torno a las probables causas de lo que ocurrió, esto es, la falta o la mala inversión en mantenimiento de los recursos militares. No se trata sólo de “estar preparados para responder a una hipótesis bélica”, como reclaman muchos analistas geopolíticos (gracias a Dios todos queremos ser un país de paz, y las propias condiciones nos determinan hacia ello). La razón primordial de una adecuada inversión para el mantenimiento de los recursos militares es que los compatriotas que los usan, los militares, no se sometan a riesgos fatales como el de los 44 tripulantes del ARA San Juan.
Pero hay un testimonio que, nos parece, se ha elevado por sobre todos los demás en estos días. No sólo porque ha salido del papá de uno de los tripulantes del submarino, del tremendo dolor que debe estar sintiendo; sobre todo porque este hombre ha tomado el dolor, lo ha “explorado” según los designios de su corazón, de la vocación propia y de la de su hijo, y ha encontrado en esta tragedia signos contundentes de trascendencia, de valor, de fe y de esperanza.
Se trata del testimonio del capitán de navío Jorge Bergallo, papá del segundo Comandante del submarino ARA San Juan, el capitán de corbeta Jorge Ignacio Bergallo, uno de los 44 tripulantes del submarino.
En un audio que se ha difundido por redes sociales, se escucha a este hombre decir lo siguiente: “Como militar, me quedo con la parte positiva. Estos 44 tipos estaban navegando, estaban haciendo lo que quisieron hacer. Y estaban prestando un servicio que el país necesita y ellos se ofrecieron a darlo. Su sacrificio fue póstumo, o fue total. Pero ellos sabían eso y lo eligieron y lo asumieron. Y es un ejemplo para todos, para 44 millones de personas. Es un ejemplo para un montón de marinos y militares que a veces perdemos conciencia y noción de por qué somos marinos y por qué somos militares, y de los riesgos que eso implica. El martirio no se elige. Es una gracia concedida. Y ellos tienen la gracia de estar donde eligieron estar…en su “salsa”, en su medio que es el mar, y estar en patrulla eterna ahí, hundidos como mojón, como hito, como los 300 espartanos. Ellos, los 44, están ahí para marcarnos algo a todos, y tenemos que verlo como sociedad, como país y como Marina y Fuerzas Armadas. Ojalá que sirva su sacrificio y su entrega para un país mejor, para hacer una Marina mejor, para hacer una política mejor. Yo me quedo con el sacrificio de esos camaradas míos, algunos conocidos, hijos de amigos, exalumnos; y me quedo, íntimamente, con la alegría de saber que se les concedió la gracia del martirio que ellos eligieron. Y me quedo también con lo positivo que es que todavía hay un montón de tipos, en este caso 44, que todavía dan todo por el país. Y tal vez esto sirva para que el país redescubra lo que tiene en mucha gente olvidada, postergada y oculta”.
¿Cómo no conmoverse ante semejante testimonio? ¿Cómo no agradecer a la Providencia que aún en medio de nuestras grandes contradicciones, tenemos entre nuestros hombres y mujeres, héroes silenciosos que se arriesgan hasta la muerte en el servicio a los demás?. ■

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