El amedrentamiento como política y el temor de Dios

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El amedrentamiento como política y el temor de Dios

Javier Cámara – DIRECTOR

javierenriquecamara@gmail.com

El pasado 6 de septiembre, en uno de sus habituales discursos, la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, utilizó una frase que, por su contenido, desató comentarios de diversa índole. La frase fue la siguiente: “…c; por lo menos los funcionarios que dependen de mi nombramiento, los que son responsabilidad mía”.

Como siempre advertirmos desde esta columna, ante cada reflexión o análisis con pretensión de objetividad que incluye observaciones sobre cuestiones políticas, es necesario matizar, es decir, graduar con delicadeza las expresiones conceptuales. Sobre todo para despejar el fanatismo o el partidismo, e identificar desde un “arriba” los intereses sectoriales del discurso político. No obstante, hay que señalar que el discurso político siempre tiene que ver con el poder.

La política, que llevada a cabo como un servicio generoso, con honestidad, con ética, con astucia y prudencia puede elevar a las personas y a los pueblos, siempre tiene que ver con el poder y con el dominio de uno -o unos- sobre otros. Y, es necesario advertirlo, en la praxis del poder humano siempre está la tentación de expandirse y perpetuarse, venga de donde venga el poderoso de turno: de izquierda, de derecha, de centro, de arriba o de abajo, del oficialismo o de la oposición; en la nación, en la provincia, en el municipio o en la comuna; incluso en las empresas y hasta en algunas relaciones personales.
Volviendo a la frase de la Presidenta, y para matizar, es necesario señalar que fue pronunciada en una época de evidente crispación social y política; una época en la que el propio poder político que representa la Jefa del Estado nacional, en continuidad con los modos que utilizó su marido fallecido, el ex presidente Néstor Kirchner, ha elegido un discurso confrontativo. Un discurso que para justificar decisiones y medidas (el poder siempre se justifica) permanentemente
genera divisiones y abre heridas. Aunque también (y por eso se utiliza este mecanismo) genera adhesiones y congratulaciones entre los propios.

En este contexto, la frase de la Presidenta fue interpretada por algunos periodistas y medios de comunicación como una advertencia para todos, aunque ella misma aclaró, como se lee más arriba, que los que debían temerle eran, “por lo menos” los funcionarios que ella ha nombrado, los que dependen de su nombramiento.
Pero hay que agregar un detalle no menor. Una herramienta para matizar el discurso es compararlo con las acciones. En este sentido, hay que recordar que existen sobradas muestras de que el Poder Ejecutivo de la Nación está utilizando algunos mecanismos legales (por ejemplo la Administración Federal de Ingresos Públicos, la Afip) para amedrentar a quienes se animan a cuestionar al Gobierno y no tienen sus papeles en regla.

En este contexto, la frase de la Presidenta suena a advertencia para todos los que quieran cuestionarla. Maticemos: si el propósito del mensaje es que todos los argentinos deben tener sus impuestos al día, es legítimo más allá de la enorme presión fiscal que padecen los que de verdad tributan como deben. En cambio, si el objetivo es amedrentar a quienes se animan a cuestionarla, hay que decir que el amedrentamiento no es un mecanismo democrático; no parece propio de una dirigente política que se precia de democrática. Y Argentina necesita más democracia, más participación, no amedrentamientos o temores.
Ahora bien. ¿Hay algún comentario teológico que hacer acerca de la frase? Sí que lo hay. Más allá del contexto discursivo, la expresión “solamente hay que tenerle temor a Dios” es teológicamente apropiada. ¿Por qué? Porque el temor de Dios es un don del Espíritu Santo que nos lleva a los creyentes a reconocer la infinita grandeza del Creador. Como explica el sacerdote Hugo Tagle Moreno en www.catholic.net, “no se trata de un miedo, ni distancia, sino el humilde reconocimiento de la infinita grandeza del Creador. Es temor a ofender a Dios, reconociendo la propia debilidad. Sobre todo: temor filial, que es el amor a Dios. El alma se preocupa de no disgustarlo, de ‘permanecer’ y de crecer en la caridad (cfr Jn 15, 4-7)”. Es el temor que siente un niño de no preocupar a sus padres con una mala acción.

No se trata de un “miedo” que evita pensar o acordarse de Dios como de algo que turba e inquieta. Ese miedo es efecto del pecado. Es el que llevó a Caín a querer ocultarse de Dios tras haber asesinado a su hermano. El temor de Dios, en cambio, nos expande en el sentido humano ya que, como dice el Papa Benedicto, “quien teme a Dios, no tiene miedo”.
El que teme a Dios está tranquilo incluso en medio de los temporales porque Dios, como Jesús ha revelado, es Padre lleno de misericordia y de bondad. El que le ama no tiene miedo. Por eso, el creyente no se atemoriza ante nada porque sabe que está en las manos de Dios, sabe que el mal y lo irracional no tienen la última palabra porque el único Señor del
mundo y de la vida es Cristo.

En resumen, cuando uno obra el bien y ejerce ese temor de Dios que le hace sentir en las manos de un Padre misericordioso, no hay amedrentamiento -político o religioso- que lo perturbe.

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