Convivir en una cultura que desprecia la vida

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Convivir en una cultura que desprecia la vida

Javier Cámara – DIRECTOR

javierenriquecamara@gmail.com

Con motivo de la aprobación, por parte del Parlamento uruguayo, de una ley que legalizó el aborto, se pudieron observar ciertas actitudes de un regocijo que parece difícil de explicar. No estamos hablando de aquellas personas que por diversos motivos (algunas por simple convicción, otras por cuestiones ideológicas y otras porque reciben dinero de
multinacionales proabortistas) son militantes del aborto.

Lo que llama la atención es el regocijo público y desenfadado que exhiben ciertos periodistas, ciertos medios de comunicación a través de sus editoriales, y ciertos políticos argentinos que celebraron la “conquista” con una especie de algarabía…por la muerte. Uno espera que quienes ostentan el derecho a informar lo hagan desde la responsabilidad; al menos en los temas que tienen que ver con la vida de las personas. Argumentarán que esta suerte de regocijo público tiene que ver con que la legalización del aborto implica -de acuerdo con sus propios intereses y pareceres- el reconocimiento” de un “derecho” de las mujeres. Pero por el deber de informar con responsabilidad deberían no
perder de vista que esta “conquista de derechos” siempre termina con una persona muerta y que, por lo tanto, no hay nada que festejar.

¿Alguien puede imaginarse festejando, por ejemplo, un accidente de tránsito porque sólo hubo un muerto? Para el progresismo relativista hay que celebrar que ahora las madres uruguayas puedan matar a sus hijos simplemente porque no los desean. Si sus hijos fueran – como argumentan- “su propio cuerpo” del que pueden disponer, no habría cadáveres de fetos humanos en las bolsas de “residuos patógenos” de las clínicas abortistas de todo el mundo. Podemos imaginar y ensayar algunas respuestas para este fenómeno: que quienes festejan están convencidos de que los embriones humanos, los fetos y los no nacidos son cualquier cosa menos una persona humana. Y que al no ser personas humanas, no tienen derechos y pueden ser eliminados sin más, como si fueran un tumor, una infección, una molestia, una enfermedad.

Allí se entendería que alguien celebre este “proceso”. Y que haya médicos que se presten para esta “curación”. Otra posibilidad es que asuman la legalización del aborto como un triunfo sobre la Iglesia católica y eso los lleve a celebrar. Eso se advierte más en algunos comunicadores que odian a la Iglesia y que, tomando como lema “el enemigo de tu enemigo es tu amigo”, se suman a las campañas a favor del aborto simplemente porque la Iglesia está en la otra vereda. Y para ellos es más significativo hacer ver que la Iglesia ha sido derrotada, aunque el costo de esa derrota implique un
genocidio silenciado. Reflexionar sobre estas cuestiones y sobre estas actitudes de quienes muchas veces tenemos al lado, o en medio de nuestros hogares a través de la radio, la televisión o los diarios, puede hacernos caer en la ira y en
la turbación.

¿Cómo puede ser que haya personas tan insensibles o que no puedan advertir el valor supremo de la vida? ¿Cómo puede ser que quienes hablan y dicen defender los derechos humanos, no se den cuenta de que el aborto es la más injusta violación del principal derecho humano que es la vida? ¿Cómo puede ser que triunfe, se instale y se extienda por los medios de comunicación y por las conciencias esta creencia de que el aborto es “un avance de la humanidad”?
¿Cómo no se dan cuenta de la contradicción? ¿Cómo hacer para convivir en paz con quienes no se dan cuenta? ¿Cómo hacer para amar a este hombre de hoy, a esta cultura que ha construido y que, cegada por los egoísmos y por sus miedos, festeja la muerte (de los no nacidos), exalta la estupidez, la sinrazón, y se empuja a sí misma hacia los precipicios de la nada, de la tristeza, en una suerte de suicidio colectivo?

Los evangelios dominicales de noviembre marcan una suerte de “itinerario pedagógico” a través del cual el Señor responde a las inquietudes propias de un discípulo turbado por la realidad y tentado por la desesperanza. Ese camino cronológico, que también es penitencial, y de alguna manera nos prepara para el Adviento, tiene mojones. El primero: Jesús dice que hay que amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo (Mc 12, 28-34), sin preguntar
cómo piensa o qué dice ese prójimo. El segundo: la humildad y la generosidad que Jesús destaca en la viuda pobre (Mc 12, 38-44) como testimonio que se opone a la hipocresía de quienes aparentan ser buenos pero someten a los demás desde el corazón. Esos, dice el Señor, serán juzgados con mayor severidad. La advertencia de Jesús (“cuídense de los
escribas…”) es, en realidad, una recomendación: no hay que aparentar, hay que ser humilde (también en la manera en que juzgamos a los demás), y amar de verdad con generosos gestos concretos (“dar todo lo que se tiene”).

El tercer mojón es la esperanza: Jesús advierte que habrá tribulaciones (congoja, penas, tormentos, aflicciones morales, persecución y adversidades), pero nos da esperanza: todo pasará excepto sus palabras. Y Él vendrá “con gloria y poder” para congregarnos (Mc 13,24-32). El cuarto mojón del trayecto (Jn 18, 33b-37) lo resume todo al explicar cómo es el Reino de Dios: un reino en el que la realeza y el poder tiene directa relación con el servicio, no con el prestigio ni con el dinero ni con la violencia. Un Reino que viene al mundo para dar testimonio de la verdad, y que por eso sufre persecuciones. Un Reino que cree, que ama y que espera en el Señor que ya ha vencido, con esas “armas”, todas las tribulaciones.

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