A qué estamos llamados

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A qué estamos llamados

En medio de los ruidos de la existencia cotidiana, de los problemas pequeños o grandes que tenemos en la familia y en nosotros mismos; por el trabajo que a veces falta o a veces es demasiado; del sueldo –si es que lo hay- que generalmente no alcanza; de los problemas de la política y de la economía, o los problemas que en muchas ocasiones cada uno se genera, terminamos perdiendo de vista lo esencial: para qué vivimos; a qué estamos llamados.
No basta una reflexión teórica para semejante desafío vital. Porque hay en esto mucho de “misterio sagrado” que Dios ha querido que vayamos descubriendo en el camino de la vida, en las alegrías y en las tristezas, en los gozos y en los dolores, en los temores y en las esperanzas de la existencia.
En Jesús, en el “Verbo encarnado” que es Camino, Verdad y Vida, en su Revelación, el Señor nos ha explicado de manera sencilla estos “misterios sagrados”…misterios que como él mismo ha dicho han sido revelados a los sencillos y humildes, y ocultado a los sabios y poderosos. Aunque hasta para estos la puerta de la Misericordia siempre permanece abierta.
En Jesús, en su Palabra revelada, lo difícil se hace fácil de comprender.
En los evangelios dominicales de este mes de septiembre podemos encontrar una catequesis que responde a la pregunta de “a qué estamos llamados”, “cuál es el sentido del ser cristiano hoy en este mundo”.
Como un auténtico parto, la “revelación” comienza en el evangelio del domingo 3 de septiembre de manera dolorosa: con Jesús retando, aplicándole un “correctivo” al primer Papa, al hombre de su confianza, al discípulo que en alguna medida todos los católicos amamos de manera especial. “¡Apártate de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”, le dice Jesús a Pedro.
Podemos imaginarnos a Pedro preguntándole, luego, al Señor, compungido y humillado: “Señor, ¿cuáles son los pensamientos de Dios?” Y la respuesta no se hace esperar: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?”
Los proyectos de Dios no siempre son nuestros proyectos. Los proyectos del mundo (la comodidad, el éxito, la riqueza, la fama, el prestigio) no son los de Dios.

¿Cuál es ese “proyecto”, esa Voluntad de Dios para el mundo y para la historia?

Leopoldo Marechal, en su ensayo La Autopsia de Creso, escribía que “las reacciones y enderezamientos de la historia vienen ordenados, más que por el hombre, por el adorable y a veces incomrpensible Autor de la historia. Eso sí colaboremos con el Autor. Y digamos en las buenas y las malas: “Ut in omnibus glorificetur Deus” (“Para que en todo Dios sea glorificado”).
El domingo 10 de septiembre, en el Evangelio, Jesús comienza a darnos claves para comprender esa voluntad. “Les aseguro –dice en Mateo 18,15-20- que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”.
El proyecto de Dios es un proyecto comunitario, un proyecto de inclusión; un proyecto que los hombres debemos compartir. Ahí está también el sentido de “misión”, de “vocación” social y comunitaria que tiene nuestra existencia. Hay que hacer crecer ese compartir, hay que incluir. Aquí también puede descubrirse un consejo psicológico personal que hace el Maestro: si estás mal, reunite con un hermano para rezar con él; no te encierres en vos mismos y en “tus” cosas.
Agrega, además, una clave para mejorar la convivencia: la corrección fraterna. Quiere decir el Señor que entre nosotros podemos ayudarnos –incluso- a encontrar ese proyecto del Padre.
La otra clave del proyecto de Dios es el perdón. Y en el evangelio del domingo 17 de septiembre (Mateo 18,21-35). “Se adelantó Pedro y le dijo: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le respondió: “No te digo hasta siete veces, sino hasta 70 veces siete”.
Jesús presenta a Dios Padre como el rey que se compadece y perdona todas nuestras ofensas. Y nos advierte que lo peor (estar alejado del proyecto de Dios) nos pasará a los hombres “si no perdonan de corazón a sus hermanos”.
Por último, en la Palabra del domingo 24 de septiembre (Mateo 19,30 – 20,16), el Señor explica la magnitud de su bondad, de su amor que es Él mismo. Lo hace a través de una parábola que rompe con nuestros esquemas mundanos fundamentados en un concepto de justicia que hasta los teólogos y los filósofos cristianos han sostenido. La visión que los hombres tenemos del concepto de “justicia” (“dar a cada uno lo suyo”) se presenta aquí en la parábola de los trabajadores infinitamente superado por este Dios que da, no según nuestros criterios de merecimientos, de meritocracia, sino según la medida de su Amor y su bondad. Dios da todo a quién Él quiera más allá de que lo merezcamos o no.
Por eso, en el proyecto de Dios, estamos llamados personal y comunitariamente no a depositar la confianza en que seremos felices por nuestros méritos, sino en el Amor del Señor, que camina con nosotros en el hermano, en el perdón mutuo y en la humildad del servicio. ■

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