Recuperar la confianza

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Recuperar la confianza

Para muchos, confiar es algo terrible; para otros, vivir es ir abandonando la confianza; y, encima, caemos en la trampa de llamar a eso madurez. Lo que denominamos madurez es el ingreso a los cuarteles de la mediocridad. No nos podemos conceder dejar de confiar.

A veces, nos pasa que tramposamente creemos que madurar es empezar a perder la confianza. Quizás uno, al comienzo, creía en la victoria de la verdad, en el hombre, en el bien y en el poder de la bondad; pero, a veces, las circunstancias de la vida nos golpean y a eso le llamamos madurez; es decir, dejamos de confiar en todo eso y, justamente, es lo que no nos debemos permitir.
Para muchos, confiar es algo terrible; para otros, vivir es ir abandonando la confianza; y, encima, caemos en la trampa de llamar a eso madurez.
Sin embargo, lo que denominamos madurez es, como lo dice algún autor, el ingreso a los cuarteles de la mediocridad. No nos podemos conceder dejar de confiar.
Me acordaba de Descalzo que toma de distintos autores lo que él llama “la piedra filosofal de la confianza”, que son puntos obvios y, a la vez, olvidados por nosotros: uno consiste en valorar y reforzar la fuerza positiva de nuestra alma; descubrir y disfrutar de todo lo bueno que tenemos. También asumir serenamente las partes negativas de nuestra existencia; no encerrarnos masoquistamente en nuestros dolores ni magnificar las pequeñas cosas que nos faltan.
No sufrir por temores o sueños de posibles desgracias que probablemente nunca nos llegarán, que en espiritualidad llamamos “futurible”, es decir sufrir cosas que aún no han sucedido y quizás nunca sucedan, lo cual nos quita el gozo de hoy.
Vivir abiertos hacia el prójimo.  Hay que creer descaradamente en el hombre, en el otro. Y, en consecuencia, preferir ser engañado cuatro o cinco veces en la vida a pasarnos la vida desconfiando de todos.
Tratar de comprender a la gente, de aceptarla tal cual es y buscar más lo que nos une que lo que nos separa, más aquello en lo que coincidimos que en lo que discrepamos.
Creer descaradamente en el bien y  en que, al final, siempre terminará el bien por imponerse. No angustiarse si vemos a otros avanzar más rápidamente por caminos torcidos. No arrepentirse ni cansarse de ser buenos. Creer en la lenta eficacia del amor y saber esperar. Preocuparse más por amar que por ser amado.
Tener el alma siempre joven y abierta a nuevas experiencias. Decidir no morir mientras estemos vivos. Procurar sonreír con ganas o sin ellas y estar seguros de que el hombre es capaz de superar muchos dolores, mucho más de lo que uno sospecha.
Que podamos gritarle esto a los que vienen detrás de nosotros, gritar no en sentido  despectivo sino de decirlo con fuerza. Hay que decirles que no tengan miedo de llegar a la muerte con el corazón con algunas heridas o cicatrices;  lo verdaderamente horrible sería vivir muchos años vacíos por dentro.
No perder la confianza, ir hacia adelante y no cometer  la cobardía de llamar madurez a una mala resignación frente a las cosas que momentáneamente nos puedan desencantar.  ■

 

La columna del PADRE Ángel Rossi SJ

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