El poder de la palabra y del silencio

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El poder de la palabra  y del silencio

Muchas veces, la mayoría de las personas se preocupa más por hablar que por escuchar. Debemos volver a descubrir la belleza del silencio, que se dice es la otra forma de la palabra. Quien ama el silencio, ama también la palabra esencial.

El hombre, por definición, es un ser dotado de lenguaje. A través de él cada uno de nosotros entra en relación con otros, con sus semejantes, nos damos a conocer a través de la palabra. Pero el diálogo implica, también, la capacidad de escucha del otro. Es decir, sin escucha no puede existir diálogo, sino solamente una serie de monólogos. Y, por consiguiente, no es posible así establecer relaciones interpersonales.
Muchas veces, la mayoría de las personas se preocupa más por hablar que por escuchar. Todos quieren tener la última palabra y no el primer silencio. Se habla mucho pero  se dialoga muy poco. Por ejemplo, los no diálogos con los hijos,  entre hermanos, en la pareja, entre amigos.
Debemos volver a descubrir la belleza del silencio, que se dice es la otra forma de la palabra. Cuando se pierde el sentido del silencio, inevitablemente se pierde también el sentido de la palabra, de la capacidad de asombrarse, en definitiva, se pierde el sentido de la belleza.
Guardini decía que sólo tienen palabras significativas aquellos hombres y mujeres que tienen silencios significativos. Y la vida interior, sea cual sea la religión o filosofía, resulta imposible cuando falta el silencio.
Hoy hay un exceso de palabras y, paradójicamente, eso quizás sea sinónimo de pobreza, es decir, el uso desmedido de palabras hace perder credibilidad. La palabra hoy está debilitada, no dice nada. Y quizás, es porque esté faltando silencio.
Quien ama el silencio, ama también la palabra esencial. Y quien no conoce largos silencios luminosos jamás va a poder iluminar con la palabra. El filósofo francés Merleau- Ponty distinguía entre palabras habladas y palabras hablantes, las primeras son aquellas no pensadas, viejas, mil veces repetidas, no creíbles, palabras que asoman a los labios casi como un automatismo. Las palabras hablantes, al contrario, son aquellas que dicen algo, palabras esenciales, que hay que tomar en serio, que brotan de la profundidad del corazón.  Las palabras habladas hieren el oído, las hablantes provocan dentro una misteriosa resonancia.
Hay que recuperar la sencillez  en el lenguaje. Hay gente que para decir banalidades usa las mayúsculas y, excepto para mencionar a Dios, hay que intentar no usarlas.  No debemos utilizar las palabras para combatir, humillar, aplastar u ofender, sino al contrario, nos sirvamos de ellas  para animar, para curar heridas, para deshacer el hielo que aprisiona ciertas existencias, para buscar un sendero de acceso a tantas soledades desesperadas, para destrabar puertas cerradas, para echarle una mano a alguien que ya no puede más.
Hay que animarse a recuperar en el lenguaje la dulzura. Las palabras se gastan no sólo por la falta de silencio sino también por la dureza. Ciertamente no está de moda la palabra dulce, delicada, respetuosa. En el Libro de los Proverbios, en el Antiguo Testamento, dice “muerte y vida dependen de la lengua”. Hay que volver  a usar palabras que den ánimo, sabiendo que animar significa dar vida.
Sería bueno que nos podamos preguntar  ¿cuáles son mis palabras?, ¿cómo describiría mis tipos de palabras?, ¿qué experiencias de silencio tengo?.  ■

LA COLUMNA DEL PADRE
Ángel Rossi SJ

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