Cuidarnos unos a otros

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Cuidarnos unos a otros

Pensaba en estos días en un tema que anda rondando y es el tema del cuidado, la espiritualidad del cuidado, el talante de cuidarnos unos a otros, o de cuidar a la naturaleza.
Si uno se va a la etimología no está muy clara la raíz de la palabra cuidado: para algunos significa “proteger el don”, proteger algo que me ha sido dado. Y hay también otros que se inclinan  por pensar que la palabra “cuidado” deriva del verbo latino “curare” que significa “cuidar”, “preocupar”; es decir que el término “cuidado” estaría expresando “desvelo, preocupación, interés e inquietud por una persona querida”.
En todo caso el cuidado es un modo de intervenir en el mundo con los otros y para con los otros. El cuidado es una forma de existir y de coexistir que hasta nos da una identidad, un cierto modo de ser y un modo de relacionarnos con los demás. En este sentido, uno podría definir a las personas como aquellas que cuidan a los demás, las que no cuidan a nadie y las que se cuidan a sí mismas. Esto se advierte y marca una identidad. Y este es el desafío: el cuidado como un modo de pararse ante la gente, frente al mundo y frente a la historia que nos toca vivir.
Cuando uno cuida también está curando al otro y, además, nos curamos nosotros  también. Esto es muy lindo porque nos recuerda que no hemos nacido para nosotros mismos sino para los demás.
Y pensaba en el relato de José Luis Martín Descalzo, “Historia de mi Yuca”, el cual comienza así:
“Hace ahora cuatro años que me regalaron una yuca el día de mi cumpleaños. Una yuca estupenda, de tres troncos, es casi un pequeño bosque. No sé aún cómo se les ocurrió a mis amigos hacerme este regalo porque cualquiera que me conozca sabe que soy un perfecto inútil en todo lo práctico y me siento absolutamente incapaz de cuidar un jardín e incluso una planta.
Pero la yuca era tan bonita que de pronto se convirtió en lo mejor de mi terraza. Descubrí, además, que es una planta muy para mí porque bastaba regarla cada una semana o cada diez días e incluso podía resistir ella sola en invierno sin tener que preocuparme demasiado.
Pero la crisis le llegó el verano pasado. Los meses anteriores a mis vacaciones tuve más trabajo del que hubiera deseado y creo que durante ellos no pisé ni un solo día la terraza y, si lo hice, lo hice con tantas preocupaciones que no miré ni una vez a la planta. Fueron, además, los días de más calor del año. Un día, al descorrer las cortinas del salón la vi agonizante. Sus ramas se habían encorvado hasta tocar el suelo, sus troncos se habían vuelto blandos y muchas de sus hojas estaban amarillas. En ese momento me di cuenta por primera vez de que mi yuca era un ser vivo, ahora que la veía muriéndose. Su agonía comenzó a dolerme en algún lugar del alma. Moría por mi culpa y con ella algo se quebraba en mí.
Recuerdo que la regué y la aboné sin demasiada convicción, seguro de que llegaba tarde. Una amiga experta me explicó que le había quedado pequeña la maceta por lo que tendría que comprarle una nueva y más grande, ponerle tierra fresca y, sobretodo, debía comenzar a cuidarla, a quererla. Tendría incluso que hablarle porque también las plantas necesitan cariño. Obedecí, supongo, por un sentimiento de culpabilidad. Y descubrí que una planta se tiene o no se tiene, pero si se tiene hay que cuidarla porque toda vida es sagrada. Desde entonces comencé a visitar más seguido mi terraza. Y hasta me atreví a   decirle piropos a la planta sin ponerme demasiado colorado por ello. Y empecé a ser testigo del milagro. Día a día veía como la yuca más agradecida que muchos seres humanos se empezaba a enderezar, endureciendo sus troncos, asomando ramitas nuevas, alargando las que tenía.
Esta historia fue para mí un símbolo de muchas cosas: del coraje que debería tener en mi vida, de las infinitas posibilidades de vida que hay en los hombres y en las plantas solamente con el hecho de que alguien se preocupe por los unos y las otras. Me hizo descubrir, también, algo que no había pensado: el florecimiento de los seres vivos  depende casi más del cuidado del jardinero que de la misma planta y de la tierra en la que está colocada. Con un poco de cuidado se produce mucha maravilla y un olvido puede ser asesino.  Me ha hecho pensar, también, que todas las cosas importantes florecen muy despacio, tardan años tal vez y hay que aceptar largos inviernos de aparente inmovilidad y estancamiento pero que un día, no sabemos cuando, todo amor termina por germinar y por florecer.
Alguien me ha dicho que esta yuca de acá a dos años  florecerá, esperaré, no tengo prisa. Por ahora estoy orgulloso de que mis piropos infantiles y un poco de agua hayan estallado en 16 brotes nuevos, del mismo modo que podríamos hacer brotar tantas almas sólo con que alguna vez las mirásemos y las quisiéramos”.
Que Dios nos permita salir de nuestra inmovilidad y estancamiento para cuidar a los demás. ■

La columna de
Angél Rossi

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