“La adolescencia no es una enfermedad”

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“La adolescencia no es una enfermedad”

El Santo Padre, en un discurso pronunciado en la Basílica de San Juan de Letrán en Roma, en junio, animó a afrontar la adolescencia de los hijos con comprensión y teniendo presente la importancia de esa fase que no debe ser vista con temor.

“La adolescencia no es una enfermedad que debemos combatir -enfatizó el Papa-, es parte del crecimiento normal, natural de la vida de nuestros hijos. Estimulen todo aquello que les ayuda a transformar sus sueños en proyectos, proponiéndoles metas amplias, grandes desafíos y ayudándoles a realizarlos, a alcanzar sus objetivos. Es un tiempo precioso en la vida de sus hijos. Un momento difícil, sí. Un tiempo de cambio y de inestabilidad, sí. Una fase que presenta grandes riesgos, sin duda. Pero, sobre todo, es un tiempo de crecimiento para ellos y para toda la familia. La adolescencia no es una patología y no podemos afrontarla como si fuera tal”
La adolescencia es un período de la vida en la que se permanece en movimiento, en transición. Es una fase ‘puente’, y por ese motivo los adolescentes no son de ni aquí ni de allí, están en camino, en tránsito. No son niños y no quieren ser tratados como tales, y tampoco son adultos pero quieren ser tratados como tales, especialmente a nivel de los privilegios. Buscan siempre la comparación, preguntan, lo discuten todo, buscan respuestas, atraviesan diversos estados de ánimo, y las familias con ellos.

Es un tiempo precioso en la vida de vuestros hijos. Un tiempo difícil, sí. Un tiempo de cambios y de inestabilidad, sí. Una fase que presenta grandes riesgos, sin duda. Pero, sobre todo, es un tiempo de crecimiento para ellos y para toda la familia.
La educación de los adolescentes debe ser una alfabetización socio-integrada, es decir, una educación basada en el intelecto (la cabeza), los afectos (el corazón) y las habilidades (las manos). Esto ofrecerá a nuestros jóvenes la posibilidad de crecer de forma armónica no sólo a nivel personal, sino también social.
Hoy los jóvenes encuentran mucha competición y pocas personas con las que compararse, el fenómeno a la cultura de la eterna juventud. Parece que crecer, envejecer, estacionarse es un mal. Un sinónimo de vida frustrada o agotada. Hoy parece que todo se enmascara o se disimula, como si el mismo hecho de vivir no tuviese sentido.
Estas arrugas me han costado toda la vida, son preciosas. Hoy en día encontramos muchos padres adolescentes, muchos que quieren jugar a ser adolescentes para siempre. Esta realidad puede aumentar la tendencia natural que tienen los jóvenes a aislarse o a frenar su proceso de ante la falta de un referente en el que reflejarse”. ■

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